CIUDAD DEL VATICANO — Durante el rezo del Ángelus dominical desde la ventana del Palacio Apostólico, el Santo Padre meditó sobre la necesidad de buscar signos auténticos de conversión y fe viva, haciendo eco del Evangelio de San Mateo (12,38-42) y dirigiendo un vehemente llamado a la paz y la concordia mundial.
La verdadera señal que transforma la vida
Ante miles de fieles y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, el Obispo de Roma centró su alocución en la respuesta de Jesús a los escribas y fariseos que le exigían un signo del cielo. El Pontífice explicó que el deseo de espectáculo o de garantías extraordinarias a menudo oculta una actitud de dureza espiritual y resistencia a la Gracia.
«El Señor no concede milagros para satisfacer la curiosidad o la exigencia humana de garantías. La única señal que nos salva es la entrega total del Hijo del Hombre, prefigurada en el profeta Jonás: su muerte y resurrección por amor a la humanidad».
El Papa recordó que los habitantes de Nínive y la reina del Sur supieron reconocer la voz de Dios en la predicación de Jonás y en la sabiduría de Salomón. En este sentido, exhortó a la Iglesia a acoger la presencia viva de Cristo hoy en los hermanos más vulnerables, superando la ceguera de quien siempre pide pruebas antes de decidirse a amar y servir.
Cercanía con los pueblos que sufren
Tras la oración mariana, el Papa dirigió su mirada a los escenarios de conflicto y crisis que sufren diversas naciones. Reiteró la urgente necesidad de acallar las armas y abrir canales permanentes de diálogo, diplomacia y reconciliación.
Finalmente, el Pontífice saludó con afecto a los grupos de peregrinos, familias y movimientos eclesiales presentes en la plaza, encomendando la paz de las familias y del mundo entero a la maternal intercesión de la Santísima Virgen María.